Razones para dejar de compararse con los demás

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¿Quién no se ha comparado alguna vez con la persona de más éxito de su empresa? ¿O con su jefe? ¿O con el primero de la clase o incluso con el más atractivo de su grupo de amigos? Pensamos que porque algunas personas tengan un físico agradable, unos bienes materiales o una determinada familia están sacando más provecho a su vida e incluso llegamos a creer que seríamos más felices si tuviéramos el éxito que ellos tienen. Pero eso es falso. Es cierto que nuestra mente se pasa el día comparando, de forma natural. Pero debemos tener en cuenta que la comparación se basa en el juicio y que al creer esos pensamientos lo que estamos haciendo es dividir la realidad en opuestos: bueno o malo, suficiente o insuficiente, apropiado o inoportuno, éxito o fracaso... La mente dual compara lo que es con lo que creemos que debería ser.

La sensación continua de que «hay algo que falta» genera sentimientos de carencia, de miseria y también de separación de los demás. De alguna manera la comparación genera competitividad (no sana), nos lleva a infravalorarnos o a ponernos por encima de los otros y esa es, en realidad, una de las mayores fuentes de infelicidad. Te invito a que hagas tuyas las nueve razones por las que deberías dejar de compararte con los demás:

1. Cuando te comparas siempre pierdes
La comparación no descansa en lo que nos une sino en lo que nos diferencia. La mayoría de las veces interpretamos que nuestra vida o nuestra situación es menos favorable que la de los demás. Infravaloramos nuestro entorno y nuestros logros. Nos sentimos frustrados y sufrimos.

 También puede ocurrir que en esta lectura de la realidad nos situemos por encima de los demás y pensemos que hemos logrado más éxitos o que nuestro proyecto, negocio o familia es más próspero. Entonces (sin darnos cuenta) nos situamos por encima de esa persona. Pero estar ahí arriba también es doloroso, pues para seguir luciendo esa medalla necesitarás dedicar mucha energía para mantenerte ahí y vivirás con miedo a descender y perder esa supuesta posición privilegiada.

Por eso cuando comparamos, sea cual sea sea nuestra posición, sufrimos. Si ansiamos lo que tienen los demás nunca tendremos suficiente. Es un ciclo interminable, vicioso y sin sentido que aboca a la infelicidad y a la sensación constante de no «estar donde tendría que estar» y «no ser quien tendría que ser»

2. La comparación nos aisla
Tanto si nos relacionamos con alguien desde la infravaloración como si lo hacemos desde la superioridad jugamos ese rol perdiendo conexión verdadera y autenticidad. Esto ocurre porque hay algo que tengo que esconder (ese sentimiento de estar por debajo o por encima) y no muestro mi vulnerabilidad. Llenamos así la vida de relaciones superficiales construidas por necesidad o conveniencia. Sentimos que nadie nos conoce, nos sentimos desconectados e incomprendidos.

En la amistad verdadera tenemos la libertad total de ser nosotros mismos. Si queremos conexiones más profundas, de corazón a corazón, sobre las que podamos construir una relación sólida entonces debemos abrir nuestro mundo interior y dejar entrar a otras personas.

Las relaciones superficiales dan poca satisfacción y si quieres conexiones más profundas sobre las que puedas construir, entonces tu única opción es tener coraje, abrirte a tu mundo interior y dejar entrar a otras personas. La profundidad de las conexiones dependerá de lo vulnerable que te permitas ser.

«La libertad es dejar de intentar encajar, demostrando así que somos dignos de amor y respeto»
 

3. Dejamos de vivir en la realidad
La comparación no es real. Nunca lo es. Cuando estamos en el presente la comparación no existe, pues es una historia que nos contamos con diferentes escenarios, que tiene un pasado y una expectativa… El problema es que tenemos una idea de cómo se supone que debe ser el ahora. Tenemos una imagen de cómo se supone que debemos ser. Intentamos así controlar y evitar el dolor. Pero el precio es que dejamos de vernos como somos (solo nos percibimos a partir de esta comparación) y dejamos de ver la realidad. La imagen real se esfuma, ya solo se ve la situación en comparación a esa imagen inventada que tampoco existe. Ponemos el foco en la carencia y acabamos pensando que algo en nuestra vida ha ido mal o que algo en nosotros está mal.

4. Necesitas disfrutar siendo tú
La única forma verdadera de disfrutar de ser uno mismo es realmente ser uno mismo. ¿Cuántas personas conoces que realmente disfruten de ser ellas mismas? La mayoría desea ser diferente de lo que es, sentimos resistencia a habitarnos, a ser la versión pobre de quien nos gustaría ser. Así que nos perdemos de disfrutar de la extraordinaria experiencia de ser nosotros mismos. Pero para ello tienes que gustarte a ti mismo. Esto significa darse el permiso de cuidarse, de escucharse verdaderamente y de elegir lo que se quiere y lo que no se quiere. Solo así vivimos de verdad y experimentamos la maravilla de estar vivos.

5. Abraza tu singularidad
Valora lo que eres. Eres único, deja de querer ser igual que menganito o fulanita. La libertad no es poder elegir entre comprarte esos zapatos o aquellos, ese coche o aquel. La libertad es dejar de intentar encajar, demostrando así que somos dignos de amor y respeto. La libertad implica transitar tu ser único, tus talentos, tus cualidades, tus habilidades... Todo aquello que la sombra de la comparación no te deja ver.

Acepta esa invitación constante y ancestral que se siente a lo largo de tu vida a abrazarte tal y como eres. Se trata de estar plenamente presente, despierto a cada instante sin entrar en la película del pasado o el futuro (sin la «historia de mí») y abriéndote a la vida, incluso abriéndote a aceptar los sentimientos de no aceptación que la vida te trae.

6. Construye relaciones auténticas
Date cuenta de que cuando te comparas desapareces de la escena, y el otro también desaparece. Recibes versiones distorsionadas, incompletas en las que, en la mayor parte de los casos, te conviertes en un retazo del otro. De alguna manera actúas conforme a una agenda que te lleva a que no se note lo que piensas o a disimular intentando hacer exactamente lo contrario. Como no eres sincero puedes pensar que la otra persona tampoco lo está siendo. Bailáis una danza hipócrita. Compartir quién eres auténticamente no sólo te ayuda a conectar con las personas con las que sintonizas, sino que también filtra las relaciones que son incompatibles desde el principio. Al mostrar tu mundo interior reconoces tu propia singularidad y permites que los demás te vean plenamente, estableciendo así una conexión contigo.

Cuanto más permitas a los demás entrar, más profundas serán las conexiones que se formarán. Te propongo para ello un ejercicio práctico: Cuando las personas de tu vida te pregunten cómo estás, diles cómo te sientes realmente. Díselo de una manera con la que puedan conectar. La verdad y la autenticidad de dónde estás emocionalmente te ayudará a profundizar con esa persona inmediatamente.

Fuente: abc.es

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