Esto es lo que te puede pasar si te exiges demasiado

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Quienes se exigen demasiado a sí mismos exceden sus propios límites. ¿Te has escuchado decirte constantemente «debo de...», «tengo que...», «he de hacer...» y un largo etcétera de obligaciones que sientes que tienes que cumplir como un esclavo? Entonces eres víctima de la autoexigencia.

Seguramente tus metas son muy ambiciosas, no sacas tiempo para el ocio y vives en una insatisfacción continua, como una catarata de emociones donde la decepción interna y profunda se convierte en una voz devastadora que te recuerda de manera permanente que no has llegado al 100%. A veces queremos hacer tantas cosas que nos autoexigimos constantemente por ser mejores profesionales, más productivos, conseguir grandes éxitos a temprana edad, llegar a todo y, además, hacerlo perfecto. Buscamos motivación continua para esforzarnos más por llegar a nuestra meta hasta un punto en que llegamos a compararnos con otros y a creer que solo seremos felices si logramos el objetivo impuesto por un rol social y no por nosotros mismos.

Irene López Assor, psicóloga y autora de ' 10 obstáculos que te impiden ser feliz', asegura que este tipo de personas elevan su nivel de obligaciones reales y no reales, creyendo que todo depende de ellos: «Creen que la felicidad de los demás depende de sus actos y controlan todo tipo de detalles y actuaciones, así como sus consecuencias, cuando la mayor consecuencia de todo esto es la no conexión con sus emociones o sus sentimientos».

¿Parte buena?
Pero aunque hemos visto que la autoexigencia se podría considerar un defecto de la personalidad, tiene también su parte buena... Se es autoexigente porque nos sentimos útiles y dicha utilidad nos lleva a algún sitio correcto, aunque la mayoría de ocasiones sea a la insatisfacción: «Aunque lleguemos a la meta, nunca es suficiente para nosotros. En nuestro cerebro rígido esta la frase: 'No es suficiente lo que hago' y, por lo tanto, vamos hacer muchas cosas para sentirnos útiles frente a una sociedad que percibimos juiciosa», advierte Irene López Assor ( @irenelopezassor). Así que la exigencia no siempre es mala pero la rigidez sí porque «nos sentimos en una cárcel».

Alerta la experta que cuando nos sentimos encarcelados la ansiedad se dispara y fomentamos una muerte interna, la psicológica, la muerte de no hacer lo que necesitamos en cada momento, lo que queremos hacer o lo que queremos transmitir realmente. Estamos a la orden de la exigencia, a la orden de la norma, a la orden de lo que nuestros padres nos han exigido, lo que la sociedad nos ha enseñado o lo que los demás esperan de nosotros. Nos olvidamos de quiénes somos realmente, y para saber quiénes somos y qué necesitamos, es necesario un espacio silencioso y soledad para la instrospección y conocerse bien.

Para dejar de serlo
Lo que debemos hacer para dejar de ser exigentes con nosotros mismos es ser más flexibles. Y como no podemos empezar nada sin un buen autoconocimiento, hay que analizar bien qué parte de la exigencia viene de nosotros y qué parte del entorno: «Es muy importante tener claro cómo ha sido nuestra educación en referencia al tema de la exigencia y responderse las siguientes preguntas: ¿Cómo nos educaron nuestros padres? ¿Cómo fue la educación en el colegio? ¿Cómo se nos exigía de niño en relación a los amigos y resto de la sociedad?», dice Irene López Assor.

Este análisis es para aprender a separar las exigencias por partes, para no ponerlas todas en el mismo saco. Quitar y separar la exigencia del ambiente y quedarnos con la que es exclusivamente nuestra. Por eso, el primer paso es conocernos.

«Siempre sugiero para empezar a trabajar tu autoexigencia comenzar por la infancia: ¿Qué querías ser de mayor? ¿Cuáles eran tus sueños de niño? ¿Cuál es tu identidad? ¿Quién eres realmente? También es bueno analizar: ¿Qué has conseguido con tu rigidez? ¿Dónde te ha llevado? Con una probabilidad muy alta, estas dos últimas preguntas tienen respuestas como: frustración, desgaste, falta de autoestima, falta de reconocimiento por parte de los demás, tristeza, etc.», cuenta.

El pensamiento rígido va a hacer que de manera automática anticipemos todo de una forma muy negativa, porque creemos saber el resultado y lo damos por hecho. ¿Qué es lo que se tiene que hacer? Hacer una lista y poner todo lo que se tiene que realizar, marcando cuáles son las prioridades pero recordando que hay una prioridad que no podemos dejar de lado: el tiempo de descanso y de no hacer nada, aunque sea media hora. «Si lo ponemos en una lista iremos tachando lo que estamos consiguiendo, y nos daremos cuenta de cuántas cosas no hacemos porque las postergamos y no damos la prioridad que tienen realmente», anima la especialista.

Para concluir, aconseja López Assor que te permitas el error porque este es necesario en la vida: «Con los errores aprendemos a saber por donde no tenemos que volver a pasar. El error tiene su utilidad, no es un enemigo, en un aliado, necesario para aprender el camino correcto. Prueba a reírte en el proceso de ensayo-error. Si nos caemos, nos levantamos y lo volvemos a intentar pero añadiendo alguna variable que no se introdujo en el primer momento. Si hacemos las cosas siempre igual, el resultado será siempre el mismo».

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