Por qué sientes que ahora disfrutas menos de las cosas y cómo resolverlo

SALUD Por Julia VOSCO
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Una entendería que las matemáticas, la historia o la sintaxis sean temas que tengamos que aprender, no nacemos con los conocimientos de estas materias. Lo que suena raro es que tengamos que aprender a disfrutar de la vida. Pareciera que esta capacidad para sentir placer hacia la vida tuviera que estar en nuestra propia naturaleza. E igual lo está o, mejor dicho, lo estaba. Como lo estaban otra serie de capacidades saludables para nuestro cuerpo y mente que nos hemos encargado de maleducar. Porque a lo largo de nuestra vida la educación en algunos valores nos aleja del placer, del bienestar, dirigiéndonos a la exigencia y a la presión, y capando esas habilidades innatas de tal manera que nos lleva a perder la capacidad de estar a una sola cosa o de perder la capacidad de disfrutar.

Sí, nuestra biología salvaje es más sabia que aquella biología que vamos educando, canalizando, a la que presionamos, reconducimos, acotamos. Nacemos con la capacidad de fluir, de diferenciar la sensación de hambre de la de saciedad, tenemos la capacidad de estar atentos a una sola cosa, reconocemos de pequeños cuándo nuestro cuerpo emite señales de estar cansados. Pero nuestro ritmo de vida, las exigencias, las obsesiones o la competitividad, terminamos engañando y reconfigurando a nuestro cerebro para que no sepa disfrutar, ni fluir, para que tenga una mente multitarea o para que coma cuando no tiene hambre o que sufra sin comer cuando sí la tiene. Y lo mismo ocurre con nuestra capacidad de disfrute. Valores como la culpa, las comparaciones, el materialismo, la exigencia o el perfeccionismo bloquean nuestra capacidad de degustar, olfatear, disfrutar, apreciar, agradecer, prestar atención o aceptar. Nos hemos reconvertido en seres infelices, apresurados, ansiosos, quejicas, malhumorados. Paseamos por la vida sin vivir. Y cuando la vida nos regala pequeños momentos de placer durante el día casi nos entra la culpa por disfrutarlos.

 Me declaro una “disfrutona” empedernida. Es una pena que el diccionario no recoja el término disfrutón o disfrutona. Pero se entiende que una persona disfrutona es aquella que tiene como filosofía de vida el disfrute de los momentos que la vida le regala. Una persona que hace por prestar atención a la belleza de la vida y que agradece lo que tiene alrededor. Ojo, no es hedonismo. El hedonismo, concepto filosófico, entiende como único propósito en la vida la búsqueda de placer. Así a priori no parezca un mal planteamiento de vida. Pero no es real, porque el hedonismo huye del dolor y del sufrimiento. Y el dolor y el sufrimiento, así como otras emociones que nos hacen sentir incómodos, forman parte de la vida como lo forma el disfrute.

Para mí, la diferencia entre ser disfrutona y ser hedonista es que los disfrutones aceptamos la vida con sus emociones, dejamos que la vida fluya, no nos enredamos con la tragedia o el drama y sobre todo nos focalizamos en valorar qué ocurre bonito a nuestro alrededor a pesar de los malos momentos con los que sí o sí nos tocará lidiar y convivir en nuestras vidas. No buscamos intencionadamente el placer como bien supremo, y tampoco evitamos nada. Realmente, la idea de buscar suele alejar de ti lo que buscas. La vida hay que dejarla estar, dejarla reposar. Los disfrutones simplemente tratamos de poner los sentidos para empaparnos de aquello que la vida nos regala a diario. Se trata más que de una búsqueda, de un saber estar consciente y orientado hacia el disfrute.

Los momentos de pandemia, con sus noticias diarias sobre enfermedad, muerte y destrucción de todo, de empelo, de relaciones, de proyectos, de sueños, tampoco han ayudado mucho a focalizarnos en lo bueno. Porque llevamos más de un año focalizándonos en ser responsables, en estar pendientes de las olas, de las restricciones, en controlar nuestros impulsos naturales fruto de nuestra antigua normalidad. Hemos puesto freno hasta a la fantasía. Hemos dejado de fantasear con una escapada, con unas vacaciones, con abrazar a los nuestros, con celebrar una barbacoa con los amigos. Y la atención no da para más. Estamos demasiado entrenados en este momento en contenernos, en no venirnos muy arriba porque cuando lo hacemos el virus nos manda otra vez al subsuelo.

 
Si deseas enamorarte un poco más de la vida a pesar de la dureza con la que a veces nos golpea, puedes seguir estos consejos.

1.Aprende a disfrutar de los detalles

No disfrutamos del presente porque muchos de los detalles que ocurren a nuestro alrededor forman parte de nuestros “normales”. Es normal tener agua caliente, es normal tener fruta fresca, es normal tener amigos con los que reír y desahogarte, etc. Cuando algo pasa a ser normal, pierde valor. Dejamos de ser agradecidos con ese momento y con ello, de disfrutarlo. Presta atención a lo que te rodea, agradece lo que tienes, sé consciente del nivel de bienestar del que gozas. Y deja de mirar tanto lo que te falta y lo que no funciona.

2. Prioriza tu intención para estar aquí y ahora

Habrá momentos en los que pienses, “si, si, luego le presto atención, luego lo disfruto, es que ahora me urge esto otro”. Si siempre te que te gane la prisa, lo urgente, si disfrutar de la vida no forma parte de tu filosofía y dejas a tus prioridades para el final, nunca llegarán a ser una realidad. Disfrutar es un propósito que puedes empezar a practicar en cada acción del día a día, por pequeñita que sea. No temas, no va a enlentecer tu vida. Solo la va a enriquecer.

3. Lleva un diario disfrutón

Apunta en un diario el jugo que le vas sacando a la vida. No necesitas que pasen grandes acontecimientos para volver a disfrutar. Necesitas volver a dirigir tu mirada a los pequeños momentos bonitos contigo, en tu trabajo, con la familia, con los amigos. Sí, seguimos teniendo muchas coas de las que quejarnos, pero hacerlo no las va a solucionar. Estas quejas nuestras necesitan más tiempo que soluciones.

4. Aparta de tu día a día las conversaciones negativas

Haberlas “haylas”, y muchas. Cuando no es tu frutero, es la vecina, cuando no un compañero de trabajo, o tu mare, o tú mismo Siempre hay alguien durante el día que es el redactor frustrado del Caso. Para los que son de mi quinta se acordarán del Caso. Un periódico muy antiguo que solo hablaba de desgracias, asesinatos, atentados, muertes…vamos la alegría de la huerta. Para este tipo de conversaciones. O puedes darle un giro preguntando a la persona sobre otro tema o puedes directamente decir que no te apetece hablar de lo que resta.

5. Cambia el chip

Empieza a interiorizar que el disfrute de la vida, de tus momentos, de las risas, te los mereces Por el hecho de ser persona, te los mereces. La vida no es un lugar en el que tengas que pasar sin pena ni gloria. Es un lugar, en el que puedes trabajar para vivir una vida que dsifrutes más, con la que te sientas comprometida y plena.

6. A caballo regalado no le mires el diente

Es un regalo, ¿le vas a mirar el diente? Cuando lleguen cosas bonitas a tu vida piensa que te las mereces, que la vida también es placer. Tranquilo, ya vendrán piedras. Pero ahora que tienes un buen momento, aprovéchalo. Anticípate y planifica tu placer. Igual que nos hacemos responsables de nuestras obligaciones, también lo podemos hacer con las emociones positivas. ¿A qué le puedes sacar hoy jugo? A un café, a una conversación, a hacer la compra de forma tranquila…

7. Verbaliza lo que sientes para que se “te quede dentro”

Para disfrutar de esos momentos basta con verbalizar en la dirección correcta “qué bien estoy”, “qué tranquilidad, cómo me gusta leer un libro un domingo por la mañana”.

Tener el disfrute como filosofía de vida no te regala una vida bonita todos los días. Esto sería naif. Pero sí permite orientarte y encontrar lo que otras personas dejan pasar de largo.

Fuente: abc.es

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