Sin dietas: proponen cambiar el concepto y eliminarlas para siempre

DIETAS Por Julia VOSCO
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La dieta de la manzana, la dieta líquida, la dieta de los colores, la hipercalórica o la hipocalórica, la keto, la proteica, la dieta militar. Esta lista podría seguir por varios renglones más y todas tendrían lo mismo en común: eliminar un grupo de alimentos para poder bajar rápidamente de peso. El objetivo es claro, adaptarse a un cuerpo estándar que es considerado como representativo de salud y belleza. Este es, claro está, el delgado. La existencia de una corporalidad como ejemplo de lo que está bien implica que también hay una que está mal: la gordura. A lo largo de los años, los cuerpos gordos fueron tildados de insalubres, holgazanes y poco atractivos. Y si desde la infancia las personas reciben esta clase de mensajes, es esperable y casi entendible que se sometan a cualquier procedimiento existente para no serlo. Las dietas restrictivas encabezan la lista. Pero, ¿cuáles son los riesgos de este tipo de prácticas?

En diálogo con LA NACION, la licenciada en Nutrición Agustina Bocanegra definió a las dietas restrictivas como aquellas que eliminan grandes grupos de alimentos necesarios para una alimentación saludable frente a la promesa de un rápido descenso de peso. “En el período en el que se realizan las dietas restrictivas se pierde peso y es lógico porque estamos aportando menos energía del que necesita nuestro cuerpo. Pero cuando las dejamos de hacer, el peso no solo se recupera sino que va a aumentar mucho más del que teníamos cuando comenzamos la dieta. Esto genera efectos rebotes constantes en nuestro cuerpo que no son saludables”, detalló.

Asimismo, determinó: “Otro de los aspectos negativos es que se demonizan alimentos inocuos y que son necesarios para nuestra vida diaria. Un ejemplo claro son los carbohidratos que necesitamos en mayor o menor medida según las particularidades de cada persona. Además, y yo considero más importante, generan desordenes en la alimentación, una mala relación con la comida, ansiedad por la restricción y angustia. Todo esto puede desencadenar, en el peor de los casos, en atracones y trastornos de la alimentación”.

La gordofobia -también definida por algunos activistas como “gordoodio”- juega un rol principal dentro de este conflicto. La demonización y el rechazo a las personas gordas están presentes en los medios de comunicación, en el ambiente laboral, dentro del ámbito social y hasta en el mismo sistema de salud. Esto tiene como resultado que, tanto las personas con dichas corporalidades como las que puedan ser consideradas como “flacas” hacen todo lo posible para encajar en el modelo predeterminado como bello y saludable, sin importar las consecuencias físicas ni psicológicas que esto pueda tener.

Para Bocanegra, “con la cultura de la dieta las corporalidades gordas son las que están mas afectadas ya que, en general, quedan por fuera de la hegemonía con cuerpos que no se consideran validos y que constantemente deben ser modificados”.

En ese sentido, explicó: “La medicina hegemónica o el modelo tradicional de la nutrición son peso centristas, nosotros los profesionales de la salud pensamos que con solo mirar a una persona podemos determinar si está sana o enferma. Termina siendo reduccionista. Utilizamos como instrumento de medición el índice de masa corporal (IMC) que fue creado en 1800 por un matemático. Este está representado solo por el peso y la altura de una persona y no discrimina la distribución de la grasa, la masa muscular, no tiene en cuenta los análisis de laboratorio de una persona, no tiene en cuenta la etnia, el entorno socioeconómico o cultural, las individualidades. Eso representa, hoy en día, la medicina tradicional y eso también es gordofobia”.

Estas creencias están grabadas a fuego en el general de la población y, para demostrarlo, solo cabe preguntar a cada persona que uno se cruza a ver si alguna vez en su vida estuvo a dieta. Es muy probable que la mayoría de las respuestas sean positivas o que, incluso, muchos indiquen que están en medio de una o que “deberían” comenzar.

En medio de este contexto que parece complejizarse a pasos agigantados, una modalidad de alimentación comenzó a cobrar relevancia y tiene todos los números para convertirse en el cambio que tanto se necesita. Se trata de la alimentación intuitiva, que nació en 1995 en Estados Unidos de la mano de Evelyn Tribole y Elyse Resch, dos profesionales de la salud que consideraron que quizás era hora de separar las reglas de la comida.

“Que la llamemos alimentación y no dieta me gusta ya que no plantea restricciones ni alimentos prohibidos, sino un camino de autoconocimiento en base al hambre real y sanando la relación con la comida. Quiero aclarar que este enfoque es neutral en cuanto al descenso de peso, permite al paciente vivenciar una alimentación sin restricciones y sentirse bien en todos sus ámbitos: emocional, físico y salud, ante todo”, detalló Mariana Paez, Licenciada en Nutrición y promotora de este tipo de práctica. Asimismo, recalcó: ”En este tipo de alimentación no hay forma de hacerlo bien o mal, de fallar, de restringirse ni de trasgredir. Sino que es un proceso de autoconocimiento y de conexión entre el cuerpo y la mente”.

La alimentación intuitiva tiene como objetivo educar en materia nutricional y brindarle herramientas a cada paciente teniendo en cuenta sus individualidades con el fin de que tome las mejores decisiones para su cuerpo. Sin la presión de “cumplir”, sin el miedo de fallar y, más importante aún, sin el mandato de que para ser sano la balanza tiene que dar un número cada vez más chico.

Fuente: La Nacion

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