“Yo no me pesaba, solo me miraba al espejo”: cómo detectar una anorexia adolescente

ALIMENTACIÓN Y SALUD Pilar PARDO
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Los últimos años han sido un pequeño infierno para la familia de Luis y Susana (nombres ficticios). En el 2020, poco después del confinamiento, a su hija mayor, Lea, se le diagnosticó una anorexia, con 20 años. Desde entonces, la familia ha vivido sometida a la inestabilidad física y emocional que genera este trastorno alimentario.

Lea ha estado ingresada dos veces en sendos centros de día, ha visitado a psicólogos y psiquiatras y ha seguido estudiando la carrera a trompicones. Cuando parece que su peso remonta y trata de hacer vida normal, el peso vuelve a disminuir. El cuerpo de Lea sube y baja, y su familia va al vaivén de una dolencia que se caracteriza por un peso anormalmente bajo, el temor intenso a aumentarlo y la percepción distorsionada del físico de quien la sufre. Una condición que puede derivar en complicaciones graves e implica un tratamiento largo, trabajoso y, a menudo, muy costoso.

Detectar la anorexia debería de ser sencillo pero no siempre lo es
La anorexia nerviosa es una enfermedad bastante conocida. Detectarla debería de ser sencillo (“bajo peso y ya está”) pero, como apunta la madre de Lea, no siempre lo es. De hecho, en lo que respecta su hija, Susana aún es incapaz de explicar “cómo empieza todo esto” y no entiende por qué tardaron tanto en actuar. “Aunque sí que puedo decirte que la que me di cuenta fui yo. Empecé a notar que Lea no quería desayunar, que tenía obsesión por hacer deporte y que ella, que ayudaba siempre a hacer la cena, dejó de hacerlo… Ya en el 2019, cuando hizo la selectividad, tuve la sensación que no comía bien, pero pensaba que era la presión del momento”.

Sin embargo, un día, Susana hizo clic. Con algo tan simple como una ensalada: “Se la preparaba sin una gota de aceite”, recuerda. “Fue cuando vi claro que aquello no era normal… Ahora nos damos cuenta de que tenía hábitos que no eran saludables desde hacía tiempo. Por eso, a mí, lo que me gustaría es que los padres lo detectaran pronto, porque cuanto más tarde se detecte un anorexia, peor”, resume.

Cuando se escriben estas líneas, Lea sigue “justita”, aunque ya está fuera del hospital de día. En estos años con la anorexia ha aprendido que es una enfermedad que sufren más las mujeres (nueve de cada diez casos), que el tratamiento es largo e implica no sólo volver a alimentarse,sino entender de dónde surge la necesidad de adelgazar a toda costa. Ella tiene claro que su anorexia no la provocó la pandemia: “No tuvo nada que ver con el confinamiento. El problema era que no me sentía bien en mi piel”, explica, antes de romper a llorar. De hecho, Lea ni se percataba que su peso era cada vez menor: “No lo vi hasta que mi madre me pesó… Yo en esa época no me pesaba, solo me miraba al espejo”.

Y como lo que veía no le hacía “sentirse bien”, practicaba deporte hasta la extenuación y, en especial, “restringía la comida”. El verbo “restringir” abunda en la dinámica de la anorexia. Durante la entrevista, Lea, aunque es parca en palabras, lo utiliza en varias ocasiones.

Cuando, en junio del 2020, Lea le reconoció a su madre que “podía estar haciendo cosas para perder peso”, todo se aceleró. Una visita al médico de cabecera les abrió los ojos a todos. Diagnóstico: anorexia. “Nos asustamos mucho, claro, porque además te dicen que no puede subir escaleras ni hacer ningún esfuerzo, y que si se desmaya llames a urgencias…”, recuerda la madre, mientras que Lea apunta que: “Más que asustarme, yo no entendía nada; no era consciente de la gravedad”. Luis, el padre, todavía no acaba de comprender por qué se dio cuenta tan tarde: “Soy muy deportista, como Lea, y no lo veía tanto. Se llega un momento en el que no sabes si el deporte es para sentirse bien o ya es demasiado”.

La médico de cabecera les ratificó que era, sin duda, demasiado. Y les derivó a una unidad especializada en anorexia. En esta disciplina trabajan el psiquiatra Omar Díez Pazo y la psicóloga general sanitaria, Laura Invernón, especialistas en trastornos alimentarios y adolescentes en el centro Eira Salut Mental. En centros de este tipo se inicia una terapia que, explican, es larga (su media son dos años) pero, aseguran, funciona: “La anorexia se cura, sin duda”, dicen al unísono.

A menudo, las pacientes llegan obligadas por sus padres. Incluso se puede requerir una orden judicial para empezar a tratarse. “Normalmente no hace falta llegar a tanto, la propia autoridad de los padres suele ser suficiente, pero si hace falta llegar a lo judicial, se puede hacer, y también en mayores de edad”, explica Laura Invernón. Otra forma de llegar a la terapia es desviar el foco: “Decirles: ‘No quieres tratar los problemas con la comida pero sí con otra cosa, así que vamos a enfocarlo por ahí’. Vamos a ir al psicólogo a hablar de la ansiedad o la depresión”, ilustra Omar Díez. El punto de partida en muchas de estas pacientes es lidiar con la negación del trastorno. “No es que empecemos de cero, empezamos de menos cinco”, sintetiza Laura Invernón.

Si la anorexia es una enfermedad cuyo principal signo es una fuerte pérdida de peso… ¿Por qué cuesta tanto detectarla? “Es difícil, porque quienes la sufren se ocupan, muy bien, de ocultarla”, responde la psicóloga. Omar Díez insiste en no culpabilizar a los padres: “Hay mucha habilidad en esconder un trastorno así por parte de las pacientes”. Otra cosa que sucede en principios de anorexia, añade, es que en una cultura como la nuestra, que exalta la delgadez: “La chica ha recibido un montón de refuerzos. Todo el mundo la felicita porque está perdiendo peso. Y es ahí donde la enfermedad puede explotar”.

Signos de alerta de una anorexiaLos cambios bruscos de peso implican una alerta roja, pero hay otros factores en la conducta que tener en cuenta
1Empiezan a no gustarle muchos alimentos. Algunos los tiene prohibidos. Utiliza las coletillas de “no es sano” o “eso no, que engorda”.
2Se levanta de la mesa y va al baño con frecuencia. Deja de comer en familia. Se esconde. Puede haber cambios de dieta por motivos éticos, como los adolescentes que se vuelven vegetarianos, pero es un signo que conviene vigilar, porque una dieta vegetal debería ser igualmente completa.
3Práctica del ejercicio de forma excesiva. Mareos. Niñas que, incluso ante esfuerzos mínimos, se agotan.
4Atracones y vómitos: “Si vomita, aunque sea solo una vez, hay que consultar”. Y si hay problemas con la regla (la retirada de la misma), entonces estamos en un caso grave, señalan estos expertos.

También, explican estos especialistas, hay factores que influyen en la anorexia. Como las redes sociales, donde se dan muchas formas de mantener y esconder el trastorno entre estas pacientes: “Se comparten trucos, se refuerzan las unas a las otras. Sin duda, internet y las redes sociales, son un factor agravante”.

Pero la anorexia no sólo se trata de la comida: es una manera extremadamente poco saludable de intentar afrontar los problemas emocionales. “Cuando tienes anorexia, lo que haces con frecuencia es equiparar la delgadez con la autoestima”, detallan desde la web de la Clínica Mayo. “Sí, sin duda, la anorexia es una expresión del malestar que va mucho más allá del cuerpo y la alimentación”, ratifica Laura Invernón. “Controlar o cambiar el cuerpo es un intento de gestionar un malestar. Por eso hay que preguntarse qué le ha pasado a esta persona para llegar a estar así”. Entender de dónde surge esta ansia autodestructiva por el peso es la llave para la cura.

Los motivos más habituales para sufrir un trastorno de este tipo suelen estar vinculados a un evento traumático. “Malos tratos, abusos sexuales en la infancia o adolescencia, agresiones de todo tipo…”, desgranan estos especialistas. “También existe una correlación con el acoso escolar”. En el caso de Lea, sus padres están convencidos que influyeron dos factores: en la secundaria vivió un episodio de bullying y, acabado el colegio, se fue a vivir sola a Barcelona, para estudiar. “Cuando buscaba el origen de la enfermedad, creo que en el caso de mi hija hay algo que radica con que se fuera a una residencia, lejos de la familia”, dice su padre. Lea ratifica que la experiencia fue horrible: “No podía integrarme y, además, hablaba castellano y era la época en la que había todas las manifestaciones y la gente era un poco: ‘¿Qué haces tú aquí, extranjera?’… La integración fue muy difícil”.

Cuando Lea ingresó por primera vez en el centro de día, la prioridad fue alimentarla, que ganara peso: “La salud física es prioritaria, porque estamos en un estado físico muy lamentable y obviamente restablecemos eso”, dice Omar Díez Pazo. Así, primero se trabaja a fondo la conducta alimentaria. En gran parte, porque si no hay un cerebro bien nutrido, no se puede empezar a hacer nada. “Pero cuando la parte física está mejor, es importante trabajar ese fondo de malestar; hay que hacer un abordaje sensible al trauma y entender las razones de la enfermedad”.

Fuente: La Vanguardia

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