El fracaso amoroso no existe: si lo piensas tras una ruptura, te equivocas

SEXUALIDAD Por Silvia Congost
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Ya imagino que si acaba de terminar tu relación de pareja y estás atravesando las oscuras e incómodas etapas del duelo, sentirás que la sangre empieza a hervirte ante el enunciado o el titular de este artículo con el que es probable que no estés de acuerdo… Lo sé y te lo aseguro, es normal.

Pero que sea una reacción habitual no significa para nada que sea la más coherente ni la más adecuada para ti. Veamos por qué...

¿Por qué vinculamos el fin de la relación con un verdadero fracaso? Si después de mucho luchar e intentar de todas las formas posibles encontrar una solución a nuestros problemas y desencuentros llega el día en el que uno de los dos decide que ya fue suficiente y que quiere dar un paso al lado y soltarse, sentimos que hemos fracasado.

Pero aun así, aunque lo tengamos clarísimo y ese sentimiento de pérdida desgarradora no nos deje avanzar, la relación no fracasó. Simplemente duró lo que tenía que durar dadas nuestras diferencias, nuestra forma de tratarnos y de darnos aquello que sentíamos dar, de comunicarnos, de proyectar nuestro futuro, de vernos, etc. Nuestra forma de intercambiar todos estos ingredientes con la otra persona es lo que hace que la relación se sostenga y se fortalezca o, por el contrario, se vaya debilitando poco a poco, mientras nos conduce al fatídico y temido final.

El amor no fracasa
No. No es la relación lo que fracasó. Fracasa la idea que teníamos en nuestra mente de lo que iba a ser esa historia, fracasa la película que antaño construímos sobre todo lo que íbamos a vivir, sobre cómo seríamos, sobre nuestra eterno viaje en común, siempre de la mano hasta el último de nuestros días.

Fracasa la idea de crear la familia que tal vez nosotros no tuvimos, de poder evitar que nuestros hijos pasen por lo mismo que pasamos en nuestra niñez, fracasa la idea de la realción perfecta, la familia perfecta y la vida perfecta. Y es que entendemos como perfecto aquello que encaja con el molde de nuestros deseos y olvidamos que en la vida la última palabra no la tenemos nosotros.

La relación no fracasa. Simplemente termina. Acaba. Tiene un final. Exactamente igual que termina y acaba todo lo que nos rodea y está vivo. Por ello, lo que más nos ayudaría a avanzar y evitaría que quedáramos atascados y destruyéndonos ante cada pérdida, es entender que cada experiencia que vivimos lleva implícito un aprendizaje de valor incalculable y que, si averiguamos cuál es, nuestra vida puede cambiar para siempre.

Tras estos golpes indeseados de la vida, aprendemos, tenemos la oportunidad de crecer, de hacernos más fuertes, más maduros y más compasivos. Aunque desafortunadamente, no todo el mundo aprende ni crece… Y es que, ante estas vivencias, siempre tenemos dos opciones:

1. Quedar atrapados en la imagen de víctima, autocompadeciéndonos por nuestra desgracia, entrando en el bucle de los «por qué», los «no lo entiendo», los «eso no puede ser posible» y amargando la existencia de todo aquel que se cruce en nuestro camino…

2. Tratar de entender que nuestros sentimientos siempre pueden cambiar igual que cambiamos nosotros, que si uno de los dos no quiere seguir lo mejor es soltarnos, que es una experiencia habitual en la vida por la que pasamos casi todos y que si logramos decir gracias, gracias por lo que compartimos, gracias por lo que me enseñaste (con tu paciencia, con tus insultos o con tu forma de tratarme), gracias por lo que me diste o gracias por lo que he descubierto de mí gracias a ti, entonces el sabor de ese final será completamente distinto y lejos de parecerse a un fracaso, sabrá al más grande de los triunfos.

Fuente: ABC

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