Grasas que te ayudan a controlar el peso (y grasas que lo disparan)

En general no tienen buena prensa, pero algunas son, además de sanísimas, grandes aliadas para adelgazar. Un nuevo estudio nos explica cuáles debemos comer con este fin
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Las grasas no han gozado tradicionalmente de buena fama en el mundo de la alimentación y la salud. De hecho, no fue hasta principios del siglo pasado cuando se empezó a reparar en ellas como una fuente nutricional a tener en cuenta. 

Numerosas dietas de adelgazamiento centraron su objetivo en reducir al máximo las calorías, por lo que atacaron directamente en la línea de flotación de los alimentos grasos, en muchos casos sin discriminar entre unos y otros. Así las cosas, aún queda cierto poso de rechazo hacia este tipo de productos, lo que no solo no es positivo, sino que puede llegar a ser muy negativo, ya que las grasas son uno de los tres macronutrientes que debemos incluir en nuestra alimentación diaria (junto a las proteínas y los hidratos de carbono). Si queremos adelgazar, también; su ingesta es imprescindible y en ningún caso optativa.

Estas sustancias transportan las vitaminas liposolubles, ayudando a su absorción en el intestino; y hacen que los alimentos sean más apetecibles, lo cual es más importante de lo que parece a simple vista. Algunos ácidos grasos forman además parte de una serie de reguladores metabólicos que intervienen en las funciones de los sistemas inmune, reproductor, cardiovascular y respiratorio. El quid de la cuestión es: ¿cuánta grasa necesitamos? Y ¿de qué tipo?

A la primera pregunta contesta claramente la Organización Mundial de la Salud (OMS), que indica que la ingesta calórica diaria debe estar acorde con el gasto calórico y que para evitar un aumento malsano de peso la ingesta de grasas no debería superar el 30% del consumo calórico diario total.

Para responder a la segunda cuestión hay que saber distinguir las distintas clases de grasa que existen. Como señala la Fundación Española del Corazón, las grasas saturadas se encuentran en los alimentos de origen animal (también en los aceites de coco y de palma) y son las que más aumentan el colesterol. Las monoinsaturadas tienen el efecto contrario, ayudan a disminuir el colesterol si reemplazan a las saturadas, y su principal representante es el ácido oleico (en el aceite de oliva). Las poliinsaturadas se hallan en alimentos de origen vegetal (aceites de semillas, frutos secos) y en pescados y mariscos, y son esenciales porque este tipo de ácidos grasos (omega 3 y omega 6) necesitamos aportarlos a través de la alimentación, no se sintetizan en el organismo.

Por último, las grasas trans, como señala la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación (SED), se encuentran de manera natural en pequeñas cantidades en la leche y las carnes rojas y se producen a escala industrial en procesos de hidrogenización y refinado. Tienen un efecto hipercolesterolémico y tienden a acumularse en algunos tejidos.

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