¿La queja es un motor de cambio o un derrotero del alma?

NOTICIAS DE INTERÉS Por Natalia Carcavallo
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“Lo que más me preocupa es convertirme en una de esas personas que los demás evitan porque está todo el día quejándose. Hace semanas que siento que lo único que hago es protestar. Creo que al fin sé por qué estoy tan cansada. Estoy cansada de mí misma”, le dije a una amiga hace poco. Estaba harta de escuchar mi propio repertorio interno.

¿A dónde llegaríamos si hiciéramos un esfuerzo consciente y pudiésemos, por un momento, suspender todo aquello que ratifica que está bien estar mal? ¿Qué pasaría si pusiésemos pausa la escucha del hit del momento? El silencio nos aliviaría y regresaríamos a un estado de paz. Así de simple y así de cierto.

Desde hace semanas venía tomada por un estado en el que todo parecía haberse convertido en una complicación. En vez de considerar las situaciones con la dimensión que realmente tenían, acumulaba una increíble tensión interna que solo hacía crecer la frustración y el agobio. ¿Quién no ha tenido momentos así? Caemos en la dinámica del fastidio y acotamos nuestra posibilidad de ver lo que sucede desde otra perspectiva. Cegados, solo podemos enfocarnos en lo que está mal, en lo que podría estar mejor y en que nada es suficiente. ¿Consecuencias? Las obvias. Nos atrapa el sinsentido, el aburrimiento, y somos víctimas de esos estados de ira que nos hunden aún más. Todo se vuelve una espiral que se retroalimenta sin fin.

Había una razón para cada queja, por supuesto. Los párrafos que describían por qué esas situaciones deberían ser diferente estaban sostenidas por sólidos argumentos. Lo que no estaba considerando era el alto costo que estaba pagando por sostener esa dinámica mental.

Muchas personas al igual que yo tuvieron problemas para dormir y es probable que los sigamos teniendo. El clima de incertidumbre y de imposibilidad para dar un paso más allá de lo que urge, nos atraviesa. Por más que hagamos varios intentos por evitar caer en las trampas, la fuerza con la que este tiempo se impone, hace que nuestros recursos internos y el temple del carácter sean inofensivos a los venenos de la mente.

El desahogo que ahoga
¿Necesitamos dejar de quejarnos? Sí, probablemente. Quizás. Seguro. Entiendo que todos estos párrafos podrían parecer un llamado a reprimir la necesidad de catarsis individual y colectiva. Sin embargo, la propuesta dista mucho de esa intención.

En ocasiones, la queja es un motor. ¿A cuántos de nosotros nos enseñaron la famosa frase: “No se queje si no se queja”. Logramos remendar errores, distracciones e injusticias cuando la usamos a nuestro favor y como herramienta constructiva para poner un límite a un abuso o para reparar un daño? Pero ¿qué pasa cuando nos volvemos adictos a la queja y no podemos frenar la catarata interna de pensamientos que se enlazan unos con otros como magnetos de polaridades opuestas?

En el inicio podemos justificarlo muy fácilmente. “¡Tenemos derecho!”, “Si no nos quejamos nada cambiará”. La queja se vuelve válida también porque es más mucho fácil sumarse a las conversaciones que señalan todo lo que no funciona antes que osar proponer un tema diferente. Cualquier crítica o descripción de algo parecido al anticipo de la catástrofe tendrá eco al instante. Y eso nos da alivio, empatía, comprensión y cierto sentido de pertenencia. ¡No estamos tan solos!

De lo que muchas veces no somos conscientes es de la consecuencia de quedarnos retenidos ahí. Pagamos un alto precio con nuestra vitalidad cuando decidimos ir por el camino más fácil y nos dejamos atrapar en ese laberinto mental y emocional.

La queja nos vuelve adictos al consumo de más experiencias y razonamientos que ratifican que necesitamos seguir en esa energía. Y así vamos contaminándonos cada vez más y más. Nos intoxicamos y llenamos de polución energética también a las personas que nos rodean. Perturbamos nuestras relaciones cercanas y en la inconciencia a la que nos llevan esos estados, corremos el riesgo de usar al otro como un tacho de basura simbólico.

 

Cada tanto me encuentro con una amiga para ponerla al tanto de ciertas situaciones, sin medir palabras, sin editarme. Ella, que es incondicional, con mucha amorosidad me pregunta: “¿Es catarsis o necesitas que te ayude?”. “Catarsis, pero eso ya me ayuda”, le suelo responder. Otras veces sucede al revés. Mientras esos vínculos sean recíprocos y la otra persona pueda hacer su alquimia y colabore con la transformación de esos estados, la dinámica es sanadora. El problema emerge cuando lo que decimos incrementar la negatividad de la otra persona y la gravedad supuesta de su situación.

Estoy segura de que la queja es una de las razones por las que muchas veces llegamos al final del día más cansados de lo que deberíamos. La energía de la queja nos drena. “Me siento como si fuese tierra desmineralizada, me dije hace poco, buscando sintetizar mi estado en una imagen. De cierta manera es así. Esas energías nos van consumiendo y nos agotan.

No hay hierro, vitaminas ni suficientes momentos al sol que alcancen, si no cambiamos los patrones que nos van dejando desnutridos sin saberlo.

Hay muchos estudios que investigan de qué forma el estado de queja permanente nos impacta y todos son conclusivos en lo que ya sabemos, por experiencia propia. La queja produce desmotivación y desilusión. Profundiza nuestra mirada negativa del mundo. Disminuye nuestra capacidad de resolución y nos genera un gran cansancio.

El temor que me generó esa fantasía de quedarme sola si no cambiaba mi tono y mi frecuencia de conversación no tuvo asidero. Nadie de mi entorno me percibía así. Confirmarlo solo me dejó en un lugar peor. El estado de queja permanente era interno. La toma de conciencia de que uno está incómodo consigo mismo es devastadora y salvadora a la vez. Estaba alimentando un monstruo insaciable que me devoraba desde adentro.

Reconocer para modificar
Darse cuenta es liberador. De forma inmediata algo se transforma. Aún no logro desplegar el paso a paso de ese movimiento, pero así sucede. Se siente. El mundo recupera cierto color. Entender cuál es la equis que hay que despejar para que la ecuación emocional encuentre su resultado correcto, genera un alivio muy diferente a la descarga o a la catarsis. Es una paz consolidada, duradera. Es un estado de satisfacción y un reencuentro con cierta plenitud en el alma.

Luego llega el momento de hacer algo con ello. Cuando recuperamos la observación honesta sobre nosotros mismos y dejamos de justificar nuestros estados por todo lo que acontece afuera, también regresa a nosotros un poder.

Si a ese momento de revelación de la vida cotidiana le sumamos un poco de voluntad y a propósito, nos esforzamos en detener aquello que nos estaba perjudicando, si lo practicamos, si sostenemos la intención, las consecuencias benevolentes y facilitadoras se precipitan de forma exponencial.

Me propuse hacer una rápida desintoxicación mental y emocional. Me detuve. Acepté lo que era tal como era. Una vez más tenía que hacer un movimiento de humildad.

Y así sin más, o sin menos, “las cosas” se redimensionaron. Por supuesto que aún siguen ahí, en un pendiente de resolución o en una necesidad latente de mejora, pero ya no me corroen por dentro como cuando los consideraba desde la energía de la queja.

También estoy segura de que es solo una batalla ganada y que vendrán muchas más, y aún mas desafiantes, en cuanto me vuelva a distraer, pero es así vamos creciendo y desplegándonos. Pasito a pasito. Con paciencia, amorosidad, modificándonos y tratando de estar en la mayor conciencia posible para no perdernos en el maremoto de estímulos internos y externos que a veces nos revuelvan como las olas que no sabemos surfear.

A veces, solos, no podemos, por eso muchos de nosotros tenemos la gracia de estar rodeados de otras personas sabias que velan por nuestra salud espiritual. Y en una frase, nos devuelven al buen camino, si las sabemos escuchar.

Funciona. Solo necesitamos un poco de registro, de disposición para cambiar la mirada y un movimiento de conciencia y de voluntad. Del resto se encarga la vida, Dios, el Todo, tu ángel guardián, vos mismo en otra frecuencia o como cada uno quiera llamar a aquello que es más grande que nosotros.

Cuando todo se pacificó, me acordé de una frase de mi abuelo: “Si tu problema no tiene solución ¿Por qué te quejás? Y si la tiene entonces ¿Para qué te quejas?”, solía decirme con un tono socarrón.

El fastidio que esa frase me causaba de adolescente, se convirtió ahora en una sonrisa cómplice. Y entonces, se la encomendé al cielo.

Fuente: TN

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