Las cuatro toxinas que contaminan las relaciones y sus posibles antídotos

NOTICIAS DE INTERÉS Por Sandra Palacios
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En la mayoría de las ocasiones estamos excesivamente pendientes de nosotros mismos y con demasiada frecuencia malinterpretamos las intenciones del resto. Creer que los demás van a actuar como lo haríamos nosotros es una de las mayores fuentes de frustración social, pues las personas, por regla general, van a lo suyo.

De hecho, Jesús Matos, psicólogo clínico y director de ' En equilibrio mental' opina que uno de los peores errores que cometemos al relacionarnos con los demás es no empatizar con ellos. «La empatía es la puerta al entendimiento de lo que está sintiendo la otra persona; si conseguimos ponernos en sus zapatos, comprenderemos mejor cómo podemos ayudarle».

Y es que muchas veces tenemos unos patrones de comportamiento y comunicación en nuestras relaciones que son auténticas toxinas, que además empleamos constantemente, de manera inconsciente y automática.

Así lo ve Beatriz Gil, psicóloga clínica especialista en autoestima y liderazgo: «Dichos patrones pueden ser muy destructivos, incluso pueden acabar con las relaciones en cualquier ámbito, ya sea familiar, laboral, de amistades o de pareja».

Toxinas en las relaciones
Gil establece cuatro patrones de conducta que pueden repercutir de forma negativa en nuestras relaciones sociales:

- La culpa o crítica destructiva. Se ataca a la persona en lugar de hablar de su comportamiento. La diferencia está en que en un caso nos centramos en un hecho específico, mientras que la crítica añade comentarios negativos sobre la persona. Por ejemplo: «Tú siempre estás igual…», «Tú nunca…» o «Eres una persona egoísta».

- La postura defensiva. Consiste en una excesiva sensibilidad a los comentarios o la crítica. A pesar de ser lógico querer defenderse cuando se nos critica, hay estudios que demuestran que esta postura no es efectiva e, incluso, es dañina, pues traslada la responsabilidad de la situación a la otra persona.

- El desprecio. Incluye el sarcasmo, la subestimación, el cinismo, el insulto y la ironía. El desprecio es el más tóxico de estos comportamientos, ya que transmite repulsa y desdén. Se alimenta de pensamientos negativos sobre la otra persona y tiende a darse cuando quedan conflictos no resueltos.

- El aislamiento. Incluye cortar la comunicación, el silencio, el rechazo a entablar diálogo, retirarse o ser falsamente agradable. A veces, cuando se presentan alguno de los comportamientos anteriores, una de las personas 'desconecta', lo que causa mayor tensión en la relación.
Las causas más frecuentes que pueden dar lugar a estas toxinas o dificultad a la hora de relacionarse son la herencia genética, la conducta aprendida, experiencias desagradables a nivel social (como críticas o burlas) y baja autoestima.

No obstante, es posible acabar con esos miedos. Para conseguir esto, Gil subraya la importancia de adquirir herramientas a través del entrenamiento en habilidades sociales y técnicas de comunicación. También habría que exponerse gradualmente a las situaciones sociales que generan inseguridad, miedo o malestar. «La terapia cognitivo conductual es la que más evidencia ha demostrado para modificar los pensamientos negativos y adquirir nuevos aprendizajes más beneficiosos».

Para poder relacionarnos de una forma más efectiva, Matos aconseja además desarrollar una comunicación asertiva, en la que aprendamos a hacer valer nuestros derechos sin pisar los de los demás. «Una de las claves para desarrollar con eficacia este estilo de comunicación es precisamente aprender a empatizar por un lado y aprender a comunicar como nos sentimos por otro. Si ponemos en palabras nuestros sentimientos y emociones será mucho más probable que los demás las entiendan».

Al final, para mejorar nuestras habilidades sociales y aprender a relacionarnos con otros, la actitud es clave.

Antídotos para mejorar tus relaciones sociales
Para cada toxina, Gil comparte los cuatro antídotos usados en comunicación que te ayudarán a optimizar tus relaciones sociales:

- Antídoto para la culpa y la crítica. Dirígete al comportamiento que no te gusta en lugar de atacar a la persona. Céntrate en «lo que quiero», en vez de «lo que no quiero». Convierte la crítica en una petición: «¿Qué necesitas?».

- Antídoto para la postura defensiva. Escucha activamente. Utiliza la regla del 2%: encuentra el 2% de verdad en lo que oyes. «Es verdad que a menudo no convoco las reuniones con suficiente antelación y puedo entender como eso hace que se me pueda considerar poco previsor». Pregunta: «¿A qué te refieres? ¿Qué has querido decir?».

- Antídoto para el desprecio. Utiliza afirmaciones como «Yo siento» o «Yo necesito». Habla en primer persona desde el 'yo' y asume tu parte de responsabilidad en la relación. Frena a tiempo y no entres en el juego.

- Antídoto para el aislamiento. Observa qué estás haciendo para que la otra persona no se sienta segura para expresarse. Cuida el entorno y establece unas condiciones adecuadas. Y si eres tú la persona que se está aislando, sé consciente de que es fruto del miedo. Pregúntate: «¿Cuál es el riesgo? ¿De qué tengo miedo? ¿Qué está pasando? ¿Qué está en mi mano hacer?».

En el caso de una persona tímida, Gil apunta que el primer paso es identificar el autodiálogo, qué se está diciendo: «No voy a ser capaz de relacionarme en ese evento». O por el contrario: «Podré hacerlo, lo he conseguido otras veces». «Después debe relajarse para disminuir la ansiedad y atreverse. Funcionan muy bien las preguntas abiertas para mostrar interés en la otra persona; sonreír y mantener el contacto visual es clave para acercarse», expone la psicóloga.

Fuente: abc

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