Seis claves para reconocer si la actividad física es una pasión o una obsesión

SALUD Por Gastón PEDRAZA
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El ejercicio físico está recomendado, tiene efectos benéficos tanto en lo físico como en lo psíquico, pero como sucede habitualmente los excesos no son buenos. Se considera que tres o cinco veces por semana, con una duración máxima de 50 minutos debería ser suficiente. Obviamente, estas cifras son generales y pueden variar según la edad, los problemas de salud o el rendimiento deportivo. El problema es que la pasión muestra dos caras, una armoniosa y una obsesiva, y claramente una de ellas no es la saludable.

En la compulsión de hacer ejercicios hay que distinguir tres trastornos en particular. Uno es el alimentario, que afecta por lo general a las chicas y las lleva a practicar ejercicio tal como si fuera una ‘purga’, con la idea de compensar la cantidad de calorías que consumieron”, explica a Con Bienestar Ricardo Pérez Rivera (M.N. 87.924) psiquiatra especialista en Trastorno Obsesivo Compulsivo y enfermedades asociadas.

En el caso de las personas que padecen anorexia puede darse la costumbre de ir al gimnasio unas tres horas por día sin excepción haciendo recuento de las calorías quemadas, comer sólo si después se va a poder compensar con ejercicio físico, renunciar sistemáticamente a otras actividades de ocio, incluso no cumplir con responsabilidades laborales o académicas por realizar la rutina programada. Como consecuencia pueden darse dolores de estómago cada vez más frecuentes, infecciones a repetición, propensión a sentirse corporalmente enfermo o decaído.

Un trabajo publicado en el medio especializado Psychology Research and Behaviour Management revisó la literatura existente sobre la relación entre el ejercicio compulsivo y determinados rasgos patológicos de la personalidad, así como las consecuencias que puede tener sobre la salud.

El trabajo señala que todavía no hay consenso sobre la forma de identificar y categorizar el fenómeno. La cantidad de ejercicio semanal no es un indicador de patrones compulsivos, ya que la definición establece que es el daño físico, psicológico y social resultante del ejercicio lo que es importante.

Para Ricardo Pérez Rivera el segundo trastorno, además del alimentario, que propicia este tipo de conducta es la dismorfia muscular. “Las personas sienten su masa muscular está disminuida, se ejercitan de forma compulsiva y extendida, sienten que su físico no es lo suficientemente magro o musculoso, tienen un sufrimiento emocional y esconden su cuerpo con ropas grandes. Abusan de anabólicos y batidos proteicos sin ser fisicoculturistas”, describe el especialista. La persona se siente obligada a realizar el ejercicio físico para evitar o reducir su malestar.

Según la investigación, hay que aclarar que, con “ejercicio compulsivo”, " adicción al ejercicio” o “dependencia del ejercicio”, los autores se refieren específicamente a aquellos casos en los que se cumplen seis criterios:

Saliencia: el ejercicio se convierte en lo más importante de la vida.
Conflicto: origina problemas entre la persona adicta y su entorno.
Euforia: tiene efectos psicoactivos, se experimenta un ‘subidón’.
Tolerancia: la cantidad de ejercicio necesaria para obtener esta sensación es cada vez mayor.
Síntomas de abstinencia: sensaciones desagradables si se reduce la cantidad de ejercicio físico.
Recaídas: hay una tendencia a volver a patrones extremos de conducta cuando se intenta reducir el ejercicio físico.

“Tanto en el trastorno alimentario como en la dismorfia muscular, las personas tienen baja autoestima y distorsión con su imagen corporal”, señala el psiquiatra y agrega que ”los más perfeccionistas también pasan más tiempo en el gimnasio y se produce una combinación obsesivo-narcisista”.

Sobre la adicción a hacer ejercicio o vigorexia
Lo que determinaría cuándo el ejercicio es adictivo y perjudicial para la salud física y mental no es la cantidad de actividad que se realiza, sino el hecho de que comience a incidir negativamente en el funcionamiento fisiológico o psicosocial del individuo concreto.

“Con estas conductas lo que se marca es el circuito de recompensa a nivel neurológico y tiene los mismos patrones de una conducta adictiva. Cada vez precisan más ejercicio para tener la misma sensación, tiene el efecto del “subidón” que es la euforia cuando están activos y un efecto de abstinencia y malestar cuando no hacen ejercicio”, detalla Pérez Rivera.

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