Tres maneras infalibles de adelgazar. Todas erróneas

ALIMENTACIÓN Y SALUD Por Julia VOSCO
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Admitámoslo, salvo casos clínicos complejos que traen de cabeza a médicos y pacientes, lo más normal es que cuando nos propongamos perder peso lo consigamos. Este hecho, se da de bruces con la realidad. En cualquier conversación alguien advierte que tiene que perder unos kilos y ‘se tiene que poner a ello’. A veces se habla de adelgazar como si vamos a empezar el Camino de Santiago y no es de extrañar. Tendemos a buscar culpables ajenos a nosotros mismos cuando fracasamos, pero en cuestiones de adelgazamiento el fallo suele ser que utilizamos sistemas infalibles pero cortoplacistas. Son perfectos para quienes te los venden ya que tendrás la sensación de que funcionaron, pero necesitarás volver. Que algo sea infalible no quiere decir que sea misterioso, estos son los tres caminos – equivocados – que conseguirán que adelgaces:

Restricción calórica severa

Empecemos por la mayor barbaridad posible, que no es otra que dejar de comer a lo burro, perdonad que lo exprese así. Me da igual si esta restricción se consigue comiendo dos hojas de lechuga y un kiwi tres veces al día, o si es tomando unos batidos que ‘tienen absolutamente todo lo que necesitamos’. Si reduces las calorías que comes a una cantidad absurda vas a adelgazar, no lo dudes. Si te llevan a participar en ‘Supervivientes’, también. Este sistema no es sostenible en el tiempo y los rebotes que se producen son enormes, ganarás lo perdido y un poco más. Al margen de que hay cierto tacticismo torpe si optamos por este camino, esto no es para tomárselo a broma ya que bajo este enfoque tenemos el caldo de cultivo perfecto para trastornos de la conducta alimentaria como la anorexia y la bulimia, que suponen auténticos dramas no solo para quien los padece, sino también para todo su entorno.

Gran volumen de ejercicio

Otro clásico. Que hay que adelgazar, pues me apunto a un gimnasio y mido la cantidad de horas que me paso allí en función a cuánto quiero perder. Por supuesto ‘cardio’, nada de pesas que tu genética es especial y ganas mucho volumen. Horas en la cinta, la bici, alguna clase colectiva para gritar ‘tú puedes, let’s go’ y si esto lo haces con uno de esos chubasqueros para sudar como un pollo, ya ni te cuento. Efectivamente este sistema es infalible, sobre todo si vienes de una época de sedentarismo. Es algo así como hacer un cortocircuito en tu organismo que durante unos días no va a entender nada de lo que está pasando y consumirá reservas, pero no cantes victoria porque ahora llega lo interesante. El ejercicio no es bueno en sí mismo, los beneficios del ejercicio se deben a las adaptaciones que se producen en tu organismo para dar respuesta a ese estímulo. Tu cuerpo no va a alucinar con tu repentina súper actividad durante mucho tiempo, no le des más de quince días. Entonces tus dos horas sudando serán menos efectivas y por añadidura el cuerpo va a responder aumentando el apetito. Si lo has confiado todo al ejercicio, deberías saber que no hay cantidad suficiente que pueda corregir una mala dieta. No vas a tardar en desanimarte porque se frena por completo tu avance y, sobre todo, no hay manera de mantener esa cantidad de horas en el gimnasio a largo plazo salvo que sea tu profesión.

Dieta y ejercicio temporales

Combinar una alimentación equilibrada con un buen plan de entrenamiento sería lo ideal. El inconveniente es hacerlo de manera intermitente con el único objetivo de llegar como quieres a una boda, un evento, o a la famosa operación bikini. Lo más habitual en estos casos es que se te eche el tiempo encima, por lo que juntarás lo peor de las dos anteriores opciones: ajustarás mucho tus calorías e intentarás hacer todo el ejercicio que te sea posible. Esto es demoledor, aunque igual tienes un objetivo tan deseado y tan acotado en el tiempo, que eres capaz de cumplirlo, pese a lo poco sano que es. Si en tu caso lo haces con cabeza, asesoramiento profesional y tiempo ¿Qué es lo que te impide aplicarlo todo el año?

¿Qué error comparten estos tres enfoques?

Estamos ante tres ejemplos en los que el fin justifica los medios. Adelgazar es el objetivo, cueste lo que cueste. Si no anteponemos nuestra salud, algo va a fallar. Es cuestión de tiempo. Una de las consecuencias más inmediatas de empezar a comer sano y hacer ejercicio es la pérdida de peso y de volumen, pero esto se produce porque están pasando cosas mucho más interesantes en tu organismo como, por ejemplo, un cambio en tu composición corporal que permitirá poco a poco que tu masa muscular gane terreno a la grasa. Esto subirá tu gasto energético y te permitirá incluso ir incrementando las calorías que comes. Dormirás mejor, haciendo a tu organismo más eficiente en múltiples funciones necesarias para tu bienestar. En todo este plan de acción, el entrenamiento de fuerza debe tener un papel muy importante. Que no te den miedo las pesas y, sobre todo, que nadie te venda la moto. Algo infalible a corto plazo en cuestiones de adelgazamiento, o no funciona a largo plazo o acabará con tu salud. Fuera falsas promesas, hay que ser constantes y cuesta, claro que cuesta, pero merece la pena. Ánimo y que la fuerza te acompañe.

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