Dieta macrobiótica, alimentos pasivos y equilibrio emocional

DIETAS Por Julia VOSCO
Según la cultura china, el tipo de alimentación puede ayudar a relajarnos y a mejorar el estado de ánimo dando sensación de bienestar.
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Los alimentos que comemos son muy importantes para tener un buen estado de salud e incrementar la expectativa de vida. El aumento de la longevidad va ligado íntimamente a la nutrición que, junto con los avances de la ciencia, luchan contra muchas enfermedades.

Cada vez hay más información sobre las diferentes formas de alimentarnos mejor y muchos estamos interesados en ajustar nuestra dieta para que resulte equilibrada y saludable. Uno de estos regímenes que proponen la combinación de los alimentos en forma balanceada es la macrobiótica, una adaptación de las tradiciones culinarias orientales, que divide a los alimentos en dos categorías: activos y pasivos, es decir, yang y yin. Como parte de una filosofía de vida, la compensación que se busca en el consumo de ambos grupos es clave para lograr una estabilidad física, mental y espiritual.

La energía de los alimentos
La dieta macrobiótica se basa en la medicina china y en el budismo zen. Por tal motivo, busca alcanzar el equilibrio de fuerzas entre lo que consideran alimentos yin (pasivos) y yang (activos) y, de esa manera, lograr un balance entre el cuerpo y las emociones. Los primeros son aquellos que calman y relajan al organismo y la mente, mientras que los activos son los que otorgan energías.

Los yin o “pasivos” ayudan a las personas a relajarse y a tener una sensación de tranquilidad. Contribuyen a reducir el nerviosismo y los estados de tensión propios de la vida cotidiana. Algunos de ellos son los cereales, las legumbres, la soja, las frutas y verduras. En tanto, los alimentos yang son los que le aportan energía y “combustible” al organismo, es decir, las comidas ricas en grasas, proteínas, sodio o calorías como es el caso de ciertas carnes como la de cerdo, el jengibre, los huevos, el arroz, los pescados y mariscos y las bebidas alcohólicas.

Se cree que este tipo de alimentación fue importada a Europa desde Japón en los años treinta por un filósofo japonés llamado George Ohsawa, quien posteriormente predicó los beneficios de esta dieta también en América. Los partidarios de este régimen alimenticio lo consideran un modo de vida y renuncian a muchos hábitos, como el consumo de carnes rojas, para alcanzar el equilibrio deseado.

Los alimentos base de la dieta macrobiótica
Este régimen está principalmente basado en cereales (cebada, maíz, trigo, etcétera), que pueden ser consumidos de cualquier manera. Las verduras y las frutas también son uno de sus pilares, así como el pollo y el pescado, aunque en menor medida.

Un dato curioso es que limita el consumo de agua diario (lo que puede producir deshidratación) y reduce al máximo posible el consumo de carnes rojas. Por tales motivos, es que muchas veces es criticada por los nutricionistas occidentales, que cuestionan la carencia de proteínas (lo que puede provocar anemia) y de ciertas vitaminas esenciales para el organismo.

Una característica de esta dieta es que las prohibiciones se van dando de manera progresiva: cuenta con varios niveles que deben ser alcanzados por quienes deciden adoptarla y están dispuestos a abandonar ciertos alimentos.

Con Bienestar habló sobre esta forma de alimentarse con el nutricionista Diego Cáceres (M.N. 7.607), quien explicó que “muchas de las condiciones de nutrición, hoy por hoy son llevadas por creencias y mitos”. En ese sentido, explicó que hay muchas personas que son vegetarianas o veganas porque eligen no comer animales y piensan que de esa manera le hacen menos daño a los seres vivos. “Eso es completamente erróneo porque la cultura de cereales, por ejemplo, genera la muerte de muchos animales como ratas, ratones y muchos de los que viven en la tierra”, indicó.

En lo que refiere a la dieta macrobiótica, dijo que hay que equilibrar -según la medicina china- el yin y el yang. “Eso es correcto si se lo ve desde el lado de la filosofía, pero no desde la medicina alopática que es a la que nos dedicamos nosotros en la Argentina. La medicina china tiene conceptos muy interesantes. El tema es que en nuestro país, tenemos adultos mayores muy disminuidos en masa muscular, en hueso y en memoria, que se relacionan a la mala nutrición durante la juventud y que desatan problemas en la vejez”, explicó el especialista.

En ese sentido, agregó: “Los adultos mayores consumen en general grandes cantidades de cereales, arroz, pan, galletitas, azúcares, frutas, muchos hidratos de carbono, poca proteína esencial que es clave para sostener el nivel muscular y óseo, los neurotransmisores e inmunidad adecuada. Si la gente mayor tiene una alimentación macrobiótica, muy difícilmente pueda generar un nivel de anabolismo tanto muscular como óseo que es lo que básicamente pierden en la adultez. Lo mismo pasa con las personas con enfermedades del sistema digestivo. La gran mayoría de los cereales y legumbres tienen componentes inflamatorios y mucho gluten. Mucha gente opta por nutriciones extremas que con el paso del tiempo pueden generar problemas físicos”.

Por último, el especialista concluyó: “La dieta macrobiótica al principio hace bien porque se dejan de comer ciertos alimentos, pero por otro lado carece de los nutrientes esenciales como los aminoácidos y las proteínas, por citar algunos ejemplos. Este régimen se puede lograr, pero hay que buscar la combinación adecuada de alimentos para que se mantenga el equilibrio nutricional con el paso del tiempo y eso sólo puede hacerse junto a un especialista en nutrición”.

¿Qué alimentos limita esta dieta?
Este régimen no es partidario del consumo regular de carnes rojas, huevos, lácteos, azúcar, miel, alimentos procesados y refinados, especias picantes ni plantas solanáceas (tomates, papas, berenjenas, pimientos, entre otros). De hecho, considera que estas últimas contienen ciertos ácidos que, entre cosas, pueden causar artritis.

¿Cuáles son sus ventajas?
Según sus impulsores, se puede experimentar una sensación de equilibrio interior, lo que se atribuye a los efectos “contractivos” de los cereales integrales y las legumbres, a la acción calmante del complejo vitamínico B, abundante en esos alimentos y al metabolismo de los hidratos de carbono complejos, sin altibajos de glucosa.

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