Coronavirus: la vacuna de la gripe podría potenciar la inmunidad contra el COVID-19

SALUD Por Julia VOSCO
Estudios señalan que esa inmunización anual reforzaría las defensas contra el SARS-CoV-2 y disminuye la mortalidad por el virus pandémico.
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La vacuna de la gripe puede reforzar el sistema inmune para combatir y eliminar al nuevo coronavirus. Así lo sugiere un nuevo estudio, aún preliminar, que por primera vez estudió los efectos de la vacuna de la gripe a nivel molecular en presencia del nuevo virus SARS-CoV-2.

El trabajo se realizó en los Países Bajos y también sugiere que la vacuna de la gripe protege hasta un 39 por ciento del contagio de coronavirus.

Hasta ahora no estaba claro si la vacuna de la gripe y las de otras enfermedades pueden mejorar o empeorar el pronóstico de los infectados por COVID-19 o incluso si pueden ayudar a que no se contagien.

En los últimos meses, varios estudios describieron efectos positivos de la vacunación de la gripe. En Italia se observó que las personas mayores vacunadas de la gripe tenían menos mortalidad por coronavirus que las que no lo estaban, según un trabajo ya revisado por expertos independientes y publicados en una revista científica.

 El mismo equipo encontró datos similares en los Estados Unidos, aunque en este caso se trata de un estudio todavía sin revisar. Otros trabajos van en la misma línea. Pero aún quedan dudas.

Existe un estudio preliminar que parece detectar el efecto contrario: mayor incidencia y mortalidad por COVID-19 entre los vacunados. Del mismo modo se observó que otra vacuna, la de la tuberculosis, también puede proteger parcialmente contra el coronavirus. Ya hay en marcha varios ensayos clínicos con pacientes para intentar demostrar ese efecto positivo.

El nuevo estudio mantiene que la vacuna de la gripe refuerza la primera línea de defensa del sistema inmune —conocida como inmunidad innata— y apunta el por qué.

Esta primera línea se activa poco después de que un patógeno entre en el organismo e incluye células que pueden identificar la amenaza, lanzar una señal de alarma generalizada para que otros efectivos acudan al lugar de la infección y también células asesinas naturales capaces de matar a las células que ya hayan sido infectadas.

El trabajo se basa en muestras de sangre de personas sanas a las que primero se añadió una vacuna de la gripe tetravalente —combate cuatro variantes del virus— y después el SARS-CoV-2. El trabajo muestra un refuerzo de la respuesta inmune innata y la secreción de cierto tipo de citocinas.

Si bien estas proteínas del sistema inmune se vienen asociando a pronósticos graves e incluso a la muerte por COVID-19 en pacientes ya muy enfermos, en las fases iniciales de la infección estas moléculas ayudarían a montar una respuesta del sistema inmune más equilibrada.

Además, los investigadores sugieren que la vacuna de la gripe favorece que la primera línea de inmunidad se enlace mejor con la segunda línea, que incluye la producción de anticuerpos, proteínas capaces de bloquear al virus para que no infecte más, y células inmunes capaces de recordar al virus durante meses o años para destruirlo si vuelve a aparecer.

El trabajo, dirigido Mihail Netea, del Centro Médico de la Universidad de Nimega, también estudió la incidencia de coronavirus entre más de 10.000 trabajadores sanitarios de los que 184 se contagiaron en el centro y la compara con otros centros sanitarios del país.

El estudio muestra que el riesgo de contraer COVID-19 es aproximadamente un 39 por ciento menor en los que se habían vacunado previamente de la gripe.

“Este es un estudio epidemiológico, no ensayo clínico randomizado y prospectivo, por lo que no podemos estar completamente seguros de que la vacuna de la gripe tenga un efecto tan grande como el observado”, explica Netea.

“En cualquier caso, es posible que sí se dé esta protección y que la vacuna reduzca la expansión del virus”, añade. El trabajo se encuentra en proceso de revisión para ser publicado en una revista científica.

Los responsables del estudio advierten que su trabajo tiene algunas limitaciones. Por ejemplo, es una posibilidad que el riesgo de infección sea mayor en unos trabajadores sanitarios que en otros, independientemente de si están vacunados o no, lo que puede afectar a los resultados.

Además, hay un posible sesgo, ya que en general las personas que se vacunan son gente mucho más precavida y preocupada por su salud y por un posible contagio que las que no se vacunan.

“Con estos datos y teniendo en cuenta que aún quedan meses hasta que haya una vacuna eficaz contra el COVID-19 disponible de forma generalizada, la vacuna de la gripe puede no solo ayudar a contener ese virus, sino también la carga de infecciones por el SARS-CoV-2, especialmente en hospitales”, concluye el estudio.

“Esta información nos muestra que la vacuna de la gripe puede potenciar la inmunidad natural”, resalta Marcos López, presidente de la Sociedad Española de Inmunología.

“El tipo de vacuna estudiado, la tetravalente, se parece bastante a la que en España se da a las personas mayores de 65 años”, explica. Además, el trabajo vio un efecto inmune adicional si además de la vacuna de la gripe se recibió la de la tuberculosis (BCG), agrega.

“El efecto protector observado es moderado, pero lo importante es que demuestra in vitro por primera vez que esta vacuna potencia la inmunidad entrenada”, explica Carmen Cámara inmunóloga del Hospital La Paz de Madrid. Hasta ahora esto se había demostrado con la vacuna de la tuberculosis BCG y con vacunas vivas.

“En los dos años siguientes a recibir estas vacunas, el sistema innato actúa con mayor intensidad ante otras infecciones virales. El mecanismo es precisamente entrenar a las células del sistema inmune innato como asesinas naturales, macrógagos o monocitos para responder de forma más rápida e intensa frente a otras infecciones virales”, detalla.

Este estudio “aporta una razón adicional para vacunarse de la gripe, pero no es suficiente para ampliar la indicación de la vacuna de la gripe a toda la población”, resalta Cámara.

En la actualidad, la vacuna está recomendada para los mayores de 65 años, a personas inmunodeprimidas y a personal sanitario. En 2017, solo se vacunaron el 54 por ciento de los mayores de 65 años; y ese porcentaje reducido resulta buenísimo si se compara con el del personal sanitario: solo se vacunó el 35 por ciento.

“Se describieron efectos de inmunidad entrenada con la BCG (tuberculosis), con otras vacunas, e incluso se postuló con la DTT (difteria, tétanos y tosferina), pero hay que demostrarlo”, advierte África González, inmunóloga de la Universidad de Vigo. “Es buena idea probarlo; se abren puertas a nuevos estudios”, añade.

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